El mapa es la base desde la cual trazamos nuestro propio recorrido que nos invita a adentrarnos en nuestra parte inconsciente. Al aceptar quienes somos en nuestra completitud, nos conectamos con nuestra esencia (con aquello que estamos destinados a ser).
En ese mapa, podemos vislumbrar el destino (gran escala) y diseñar el camino para llegar a él (pequeña escala). Y si no tienes claro el destino, también los pequeños pasos nos dan pistas del potencial que somos capaces de desplegar. En este equilibrio, descubrimos el rumbo que nos es afín.
La tendencia en nuestra sociedad es la de producir sin cesar y, encima, cuanto más ocupados estemos, mejor visto está. Nos hemos creído que cuanto más cosas y proyectos tengamos entre manos, mejor valorados estaremos.
Hemos normalizado estar estresados, cansados, tener dolores crónicos corporales y quejarnos de los demás y de la sociedad.
Aunque pensamos que decidimos libremente, actuamos de forma automática y condicionada. Como nos dice Bachrach, nuestros programas, que vienen condicionados por patrones familiares, creencias y costumbres culturales, nos pautan inconscientemente un 90% nuestra forma de ser y encarar nuestra vida (como un iceberg que sólo vemos una parte pequeña y el resto no se ve, aunque está).
Es como si estuviéramos viviendo una pequeña porción de lo que somos mientras desconocemos otra gran parte nuestra.
El cirujano y conferencista Mario Alonso Puig nos explica cómo construimos nuestra percepción a través de la información que recibimos. Nos dice que el 20% es visual mientras que el 80% la construimos en base a nuestras experiencias, creencias y emociones. Por eso, ante un mismo hecho dos personas tienen vivencias diferentes.
¿Qué nos dicen estos datos? Pues que modificando nuestras creencias y gestionando nuestras emociones tendremos experiencias distintas que nos harán tener otras percepciones de la realidad.
¿Fácil? No, porque cambiar implica abrirse a situaciones desconocidas y nuestra tendencia es querer tenerlo todo bajo un supuesto control y quedarnos en nuestra zona conocida.
¿Posible? Sí, gracias a la plasticidad del cerebro que nos permite cambiar.
De hecho, la filosofía budista nos recuerda que "la vida es movimiento, lo único constante es el cambio, la vida es impermanente"(3).
En una sociedad que promueve el individualismo y la competencia, no nos es fácil reconocer que necesitamos ayuda y pedirla. Si lo hacemos, queremos que sea con una pastilla que nos solucione rápido el problema y que nos digan qué tenemos que hacer. Sin embargo, así sólo atendemos los síntomas y no encaramos las causas reales que subyacen en ese 90% de nuestro inconsciente.
Ahora bien, si nos permitimos un espacio para reflexionar, nos aparecerán sensaciones y preguntas incómodas. ¡Bienvenidas sean esas sensaciones que nos invitan a auto-observarnos! Alzar la mano y decir que no soy capaz de resolver mi malestar por mí sola, es un primer gran paso que denota humildad para abrirme a otras posibilidades.
Este camino es totalmente personal, no hay fórmula, no hay atajos y las respuesta las tenemos cada una en nuestro interior, sólo tenemos que revisar las excusas que las tapan, abrazarnos y permitir que afloren. Básicamente, se trata de tomar más consciencia de quien estoy siendo y de quién anhelo ser.
Aceptar esto es muy poderoso.
De dentro hacia afuera.
Poner el foco en quienes estamos siendo, para ser el cambio que queremos ver en el mundo.
Desde esta mirada, te propongo que elijas la escala en la que quieres enfocarte para que te pueda acompañar.